viernes, 20 de julio de 2012

No puedes formar un equipo de fútbol con jugadores de tenis

Déjame extraer a los egoístas que solo buscan su propio interés. Luego sacamos a los que son tan deshonestos que, en idénticas circunstancias, también se beneficiarían de su puesto. Entonces eliminamos a los que son tan insolidarios que nunca compartirían su salario, exactamente como hacen ahora, con aquellos más desfavorecidos y a los que son tan poco generosos que jamás se bajarían el sueldo voluntariamente en situaciones de crisis cuando ello dependiera de su propia decisión. De los que queden extraemos a los que no se sienten responsables de su situación y entregan las riendas de su vida a otras personas, verdaderas dadoras de felicidad y desdicha.

Después vuelve a convocar... a ver cuántos quedan. Estos, estos saben que el mundo es como es porque los que faltan, que son mayoría aplastante, son como son. Saben que no puedes pretender formar un equipo de fútbol con jugadores de tenis.

Y saben que la única revolución posible, pacífica y deseable es la interior. Por tanto tampoco acudirán.

viernes, 13 de julio de 2012

No estamos secuestrados

No te engañes más: no estamos secuestrados. Gobiernan las personas que elegimos con el sistema político que elegimos y, a escala representativa, no son más que el reflejo de toda la sociedad. Si derrocas al que está aparece otro similar legítimamente nombrado que no viene de otro planeta, sale de la misma sociedad que te rodea, es igual que tu vecino y no tan diferente a ti mismo. Los políticos no son “otra raza”.

Sin embargo si cambias tú y cambian todos los “tús”, cambiará el elector y cambiará lo que se elija. Mientras tanto debes respetar lo que la mayoría escoge hasta que la mayoría elija otra cosa que a ti te guste más o te parezca más justo (porque no existe la Justicia como valor absoluto; como todo, es relativo). Acepta que el sistema nos define a todos, elegimos vivir así. Cuando elijamos otra cosa no hará falta luchar, protestar ni salir a las calles: simplemente será distinto porque la mayoría será distinta y no al revés.

Apología del cambio, sí. Imposición de tus intereses, no. Esto solo confirma que también tú miras egoístamente por ti y tus circunstancias, lo que no te distingue de aquellos a los que tan ácidamente criticas. Cambia eso de ti, honestamente, y habrás iniciado el cambio global.

Ni todas las pagas extras del mundo podrían comprar un solo minuto de vida. Esta es un regalo, no lo desperdicies lamentándote, indignándote. Disfruta de su belleza con una sonrisa. Mantén la serenidad y recuerda que esto también pasará.

Si crees que algo de ahí fuera no está bien, mira para adentro y analízate. Luego cambia lo único que está en tu mano cambiar: a ti mismo, y verás cómo tu realidad, lo que percibes que es tu realidad cambia inmediatamente.

Sólo hay una revolución eficaz: el despertar individual, la evolución de tu conciencia.

“Los átomos son tendencias… posibilidades de conciencia”. Heisenberg.

miércoles, 4 de julio de 2012

"Soy un verdadero escéptico"

"Un escéptico es la persona que no cree. Sin embargo, es preciso creer en algo para sustentar el juego de la vida y encontrar un motivo para salir de la cama por la mañana. Por lo menos, es preciso creer que existe un suelo que te va a sostener. Realmente, la experiencia de la vida exige que depositemos confianza en un sinfín de cuestiones. Tenemos que creer en que cuando hemos abierto los ojos por la mañana existe una coherencia entre nuestras comprensiones acumuladas en la memoria y la realidad que ahí fuera nos aguarda. Y aún más, confiamos en poder pensar, hablar, comunicarnos con los demás e independientemente de lo que pensemos, hablemos u opinemos, depositamos automáticamente nuestra confianza en una enorme base de creencias irrenunciable si queremos compartir la realidad con los demás. De modo que, como vemos, escéptico estrictamente hablando, no es posible ser, ya que la experiencia depende de la creencia.

Escepticismo para justificar la estrechez de miras
Habitualmente, se suele asociar el término escéptico a aquella persona que tan solo cree en lo palpable, lo verificable por los sentidos y en aquellas creencias e ideas tradicional o científicamente aceptadas como ciertas. En mi opinión, no es adecuado llamar escéptico a este tipo de persona, aunque esté tan extendido este uso, ya que más bien es una persona que cree profundamente en sus sentidos y que no cree inconscientemente en “lo de siempre”. Puede tratarse de una persona con un tremendo miedo a resultar ingenuo, engañado o dañado, también puede ser alguien atrapado en el temor al rechazo, personas que quieren encajar y por ello asumen las creencias “socialmente verificadas y demostradas”, las menos extravagantes. La mayor parte de las veces son personas que emplean esta sobriedad científica y escéptica para justificar su estrechez de miras y su miedo a la apertura mental –siempre perturbadora.

Muy familiar nos resulta considerar que lo verdaderamente cierto –o evidente- es tan solo lo que nos muestran los sentidos, lo palpable, se trata de una de las claves del materialismo imperante. Sin embargo, los sentidos alcanzan tan solo a una finísima capa de la realidad: un conjunto de frecuencias bastante escaso para la visión, un espectro de vibraciones sonoras verdaderamente limitado, y ya no hablemos de las limitaciones experienciales del resto de los sentidos tradicionales. De hecho, las investigaciones con microscopio y desintegradores de partículas nos hacen ver lo radicalmente distinta que se muestra la realidad según el “aparato” que se emplea para observarla. Es una primera noción de que los sentidos solo nos dan acceso a un muy limitado nivel de la verdad.

Mas allá de las vibraciones que recogen y traducen en electricidad nuestros sentidos, nuestra mente organiza la percepción. Ahora si que podemos olvidarnos de la evidencia que los mal llamados “escépticos” atribuyen a los sentidos. Las creencias profundas de cada persona, criadas durante toda su experiencia vital, afectan poderosamente a la experiencia de lo percibido, aunque nuestros transductores -los sentidos- sean mecánicamente similares.

Economía interpretativa
Además, y por si fuera poco, nuestro sistema perceptivo automáticamente “modifica” lo que recogen nuestros sentidos con el fin de simplificar y facilitar la comprensión de lo percibido –como está ampliamente demostrado por la Gestalt- y dedicar menos energía a la interpretación de la realidad. Esta economía interpretativa con la que está dotada nuestra percepción da como resultado que, en gran medida, se podría decir que nuestros sentidos nos engañan. Existe un sinfín de dibujos y ejercicios visuales que demuestran tales anomalías.

Para no profundizar más en este asunto, basta preguntarte: si realmente solo crees en los sentidos ¿cómo puedes saber que piensas, sientes o te emocionas? ¿Niegas tu realidad más humana?

La genuina corriente filosófica del escepticismo, lejos de conformarse con los paradigmas sociales y muy lejos de la habitual adoración a los sentidos propia de la era materialista, pretendía precisamente una revolución en la comprensión de la realidad humana. Desde el siglo IV a. de C., se enfrentaron a la religión y sus conceptos de un dios creado a imagen y semejanza de las debilidades humanas, desafiaron a las supersticiones, a la moral –la existencia de lo bueno y lo malo- y desconfiaron de todo discurso que tuviera como bandera “verdad” alguna. Estimularon el relativismo y el subjetivismo que hoy tanta relevancia tienen en el nuevo pensamiento. El escepticismo profundiza en las raíces de la humildad, el reconocimiento de que todo saber humano es parcial y se enfrenta radicalmente a las ideas establecidas.

Bajo un punto de vista más profundo y, por supuesto, sencillo, el verdadero campo de creencias al que se limita un escéptico es lo que podríamos llamar el “sentir de la evidencia”, aquello que se siente como evidente. Como vemos, se trata de un sentimiento, algo intangible, claramente personal e intransferible, lo que define lo auténticamente evidente. Son nuestro sentimientos, y no nuestros sentidos, los que nos conectan con “la verdad” –o mejor dicho, nuestra verdad accesible en el ahora- seamos o no conscientes de ello.

El escepticismo nos invita a profundizar en una sincera y revolucionaria búsqueda personal más allá de nuestros sentidos y más allá de la conciencia social.

Yo creía que era un creyente, una persona de fe. Ya no lo creo. Al profundizar, me he dado cuenta de que soy un terrible escéptico. Un verdadero escéptico. Alguien que no cree en lo aparente, en lo creado artificialmente, en lo tradicionalmente evidente. He cotejado mi “sentir de la evidencia” y he descubierto mi profundo escepticismo.

No creo que haya nadie bueno ni malo, lo cual implicaría que hubiera alguien mejor que otro, y no creo en el elitismo. No creo que nadie sea egoísta o altruista. Es un juego en el que se juega de diferentes maneras. No creo ni siquiera que nadie sea nada que se pueda definir. Lo que hagas o lo que dejes de hacer no te hará mejor ni peor. No creo que nadie se merezca nada, tampoco creo que merezcamos todo, más bien no creo en la existencia del merecimiento. No creo en el éxito ni en el fracaso, siempre son puntos de vista limitados y fragmentados.

No creo en el miedo, es un experimento. No creo en la muerte, ni siquiera en la muerte del cuerpo. Ni siquiera creo en la enfermedad. No creo que una corriente produzca un resfriado, ni que un despiste produzca un accidente. No creo en las causas que conocemos. No creo en la virtud del esfuerzo. No creo que esforzarse sirva para nada, si no es para reforzar otras falsas creencias hijas del sacrificio, en el cual no creo. No creo en el premio ni en el castigo. Es el juego de manipular las consecuencias según nuestras infantiles exigencias. No creo en la educación. Los niños crecen sanos si son libres, sin interferencia, sin más, ellos mismos. No creo en el compromiso, aunque haga sentir seguras a las personas, no creo en la seguridad, tan famosa hoy, no creo en limitación cualquiera de la libertad.

No creo en la manipulación encadenada de las estructuras sociales. No creo en las instituciones, ni en las leyes, aunque en nuestro juego se multiplican como una plaga. No creo en el trabajo. El hombre se ha hecho esclavo de si mismo, sin importar su condición financiera o social, en la cual no creo. No creo en la justicia, actuar en nombre de ella es arrogancia, solo tiene sentido para el que no puede verla en todas las cosas. Y si la ves en todas las cosas, entonces no existe justicia ni injusticia. No creo en los fuertes y débiles, en los ricos y pobres, en las víctimas y los verdugos, en los buenos y malos, en las diferencias que contemplamos y fabricamos. No creo que nadie sea más importante que nadie. Ni siquiera creo en la “importancia” que conocemos. No creo en la propiedad de ningún tipo. No creo que poseamos nada nunca, jugamos muchos juegos basados en la creencia del miedo y la carencia.

No creo que el amor de madre sea incondicional, condicionado a su hijo en exclusiva. No creo en la familia como algo más importante que otra cosa cualquiera. Otro grupo en el que nos resguardamos marcando el “nosotros” y el “ellos”. No creo en la inocencia de los niños mas allá de la inocencia de cualquier adulto, ya esté encarcelado, acusado de terrorismo o nombrado presidente de los Estados Unidos. Porque no creo en la inocencia ni en la culpa. No creo en las naciones, por supuesto, unidas o sin unir, desarrolladas o en “vías de desarrollo”, no creo que existan. No creo en las banderas, ni en los cargos, ni en las posiciones. No creo en los papeles que representamos.

No creo en lo que veo, ni en lo que oigo. No creo en tus ideas. No creo en las cosas que las personas me cuentan. No creo en mis pensamientos, juguetones, caprichosos y limitados. ¡Esto es verdaderamente ser escéptico!

No creo ni siquiera en mi escepticismo. Por ello vivo cada día empapándome de una realidad en la que no creo, cabalgando en la ilusión, arrojado a la aventura del misterio. Sintiendo cada una de estas cosas que no creo como si fueran las más reales partes de mí. Estoy entregado, rendido a mi papel en el juego. Todo me afecta, me hace reír y llorar. Y cuando llego al fondo de mi corazón, recuerdo que no creo. Entonces despierto, me libero y estoy en paz.

Sobre todo, no creas en lo que te digo."

Jorge Lomar.

lunes, 2 de julio de 2012

"Esto también pasará"

"Un antiguo relato sufí dice que vivía en algún país del Medio Oriente un rey cuya existencia oscilaba permanentemente entre la felicidad y el abatimiento. Se enojaba o reaccionaba intensamente frente a la más mínima cosa, y su felicidad se convertía rápidamente en desilusión y desesperación. 

Llegó el día en que el rey se cansó finalmente de sí mismo y de la vida y comenzó a buscar una salida. Hizo llamar a un sabio que habitaba en su reino y que tenía fama de iluminado. Cuando se presentó el sabio, el rey le dijo, "deseo ser como tú. ¿Podrías darme algo que traiga equilibrio, serenidad y sabiduría a mi vida? Te pagaré lo que pidas". A lo que el sabio respondió: "es probable que pueda ayudarte, pero el precio es tan alto que no sería suficiente todo tu reino para pagar por él. Por tanto, te haré un regalo, siempre y cuando te hagas digno de él". El rey prometió que así sería, y el sabio se fue. 

A las pocas semanas regresó y le entregó al rey un cofre de jade tallado. Al abrirlo, el rey encontró solamente un anillo de oro en el cual había grabadas unas letras. La inscripción decía: También esto pasará. "¿Qué significa esto?" preguntó el rey. Y el sabio le dijo, "Lleva siempre este anillo y antes de que califiques de bueno o malo cualquier acontecimiento, toca el anillo y lee la inscripción. De esa forma estarás siempre en paz". 

También esto pasará. ¿Qué hay en estas palabras tan sencillas que las hace tan poderosas? A primera vista parecería que sirvieran para darnos consuelo en situaciones difíciles y que también podrían privarnos de los goces de la vida. "No seas demasiado feliz, porque esa felicidad no durará". Eso parecerían decir en una situación percibida como buena. El enorme significado de estas palabras se aclara cuando las consideramos en el contexto de otras dos historias mencionadas anteriormente. La historia del maestro Zen cuya respuesta a todo era siempre la misma, "¿de veras?" muestra el bien que recibimos cuando no oponemos resistencia interiormente a los sucesos, es decir, cuando somos uno con lo que nos sucede. La historia del hombre que siempre comentaba lacónicamente, "quizás", ilustra la sabiduría de no juzgar, y la historia del anillo apunta hacia la realidad de la temporalidad que, una vez que la reconocemos, nos lleva al desapego. No resistirnos, no juzgar y no apegarnos son los tres secretos de la verdadera libertad y de una vida iluminada. 

La inscripción del anillo no nos dice que no disfrutemos las cosas buenas de la vida, y tampoco es un consuelo para los momentos de sufrimiento. Tiene un propósito más profundo: ayudarnos a tomar conciencia de lo efímero de todas las situaciones, lo cual se debe a la transitoriedad de todas las formas, buenas o malas. Cuando tomamos conciencia de esa transitoriedad de todas las formas, nuestro apego disminuye y dejamos de identificarnos hasta cierto punto con ellas. El desapego no implica que no podamos disfrutar de las cosas buenas que el mundo nos ofrece. En realidad nos ayuda a disfrutarlas todavía más. Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las cosas son transitorias y que el cambio es inexorable, podemos disfrutar los placeres del mundo sin temor a la pérdida y sin angustia frente al futuro. Cuando nos desapegamos, podemos ver las cosas desde un punto de vista más elevado en lugar de quedar atrapados por los acontecimientos de la vida. Somos como el astronauta que ve el planeta Tierra rodeado por el espacio infinito y reconoce una verdad paradójica: que la Tierra es preciosa pero insignificante al mismo tiempo. 

El hecho de reconocer que Esto también pasará trae consigo el desapego, y éste a su vez nos abre una nueva dimensión en la vida: el espacio interior. Cuando vivimos en el desapego, sin juzgar y sin resistirnos, logramos acceso a esa dimensión. Cuando dejamos por completo de estar identificados con las formas, la conciencia, lo que somos, se libera de su prisión en la forma. Esa liberación es el surgimiento del espacio interior. Se presenta como una quietud, una paz sutil en el fondo de nuestro ser, hasta en presencia de algo aparentemente malo. Esto también pasará. Entonces, súbitamente, hay un espacio alrededor del suceso. También hay espacio alrededor de los altibajos emocionales, incluso alrededor del sufrimiento. Y por encima de todo, hay espacio entre los pensamientos. Y desde ese espacio emana una paz que "no es de este mundo", porque este mundo es forma y la paz es espacio. Es la paz de Dios. Entonces podremos disfrutar y honrar las cosas de este mundo sin atribuirles la importancia y el peso que no tienen. Podremos participar en la danza de la creación y llevar una vida activa sin apegarnos a los resultados y sin imponer exigencias exageradas al mundo: lléname, hazme feliz, hazme sentir seguro, dime quién soy. El mundo no puede darnos esas cosas, y cuando nos despojamos de esas expectativas desaparece todo el sufrimiento creado por nosotros mismos. Todo ese sufrimiento se debe a que le hemos dado un valor exagerado a la forma y al hecho de no tener conciencia de la dimensión del espacio interior. Cuando esa dimensión se manifiesta en nuestra vida podemos disfrutar las cosas, las experiencias y los placeres de los sentidos sin perdernos en ellos, sin apegarnos a ellos, es decir, sin volvernos adictos al mundo. 

Esto también pasará es la frase que nos muestra la realidad. Al señalar la temporalidad de todas las formas, señala, por ende, hacia lo eterno. Solamente lo eterno de nosotros puede reconocer la temporalidad de lo temporal. Cuando se pierde la dimensión del espacio o cuando no la reconocemos, las cosas del mundo adquieren una importancia absoluta, una seriedad y un peso que realmente no tienen. Cuando no vemos el mundo desde la perspectiva de lo informe, se convierte en un lugar amenazador y, en últimas, en un lugar de desesperación. El profeta del Antiguo Testamento debió sentirlo así cuando escribió, "se cansarán de hablar y no podrán decir más, pero no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír".

Una nueva Tierra, Eckhart Tolle

El milagro de la Vida

Vine a este planeta sin nada y sin nada me marcharé de él. El hecho en sí de haber nacido es un puro milagro. Cada día que he sobrevivido todos estos años ha sido un regalo maravilloso habiendo tenido, como todos, miles de posibilidades de ver finalizada abruptamente esta aventura. Cada persona que se cruzó en mi camino, cada experiencia, cada conocimiento puesto a mi alcance y cada ser al que he amado han sido, y continúan siendo verdaderos regalos que la vida me ofrece. 

Poder comer todos los días (y si me descuido a todas horas), tener un techo donde dormir y muchas otras comodidades, bastante más allá de mis necesidades básicas, son preciosos regalos que me son otorgados. Poder ver, oír, hablar, degustar, caminar, respirar... auténticos dones recibidos sin contraprestación.

Tener la oportunidad de trabajar cada día es un regalo. Recibir un salario por ello es un regalo. Poder descansar es un regalo. 

Con nada llegué y con nada me iré. Nada en realidad me pertenece aunque haga uso, temporalmente, de muchas cosas. Y sin necesidad de experimentar la soberbia sensación de "propiedad" me siento profundamente agradecido por la vida que este Universo me permite disfrutar.

Por eso, si este mundo decide ofrecerme un poco menos de algo de todo eso continuaré mostrando mi gratitud sincera por todos los regalos, los que aún reciba y los que algún día recibí. Nadie me habrá "quitado" nada porque nada me pertenece. Nadie habrá usurpado mis derechos adquiridos porque, en la inmensidad del Cosmos, soy un ser insignificante y no es que tenga derecho a una determinada calidad de vida, más bien, es la vida la que tiene derecho a desarrollarse a través de mí y así el Universo se experimenta a sí mismo a través de mí.

Es el milagro permanente de la vida y tú también eres uno de los elegidos para disfrutarla. Enhorabuena.

SEGUIDORES