"Un escéptico es la persona que no cree. Sin embargo, es preciso creer
en algo para sustentar el juego de la vida y encontrar un motivo para
salir de la cama por la mañana. Por lo menos, es preciso creer que
existe un suelo que te va a sostener. Realmente, la experiencia de la
vida exige que depositemos confianza en un sinfín de cuestiones. Tenemos
que creer en que cuando hemos abierto los ojos por la mañana existe una
coherencia entre nuestras comprensiones acumuladas en la memoria y la
realidad que ahí fuera nos aguarda. Y aún más, confiamos en poder
pensar, hablar, comunicarnos con los demás e independientemente de lo
que pensemos, hablemos u opinemos, depositamos automáticamente nuestra
confianza en una enorme base de creencias irrenunciable si queremos
compartir la realidad con los demás. De modo que, como vemos, escéptico
estrictamente hablando, no es posible ser, ya que la experiencia depende
de la creencia.
Escepticismo para justificar la estrechez de miras
Habitualmente, se suele asociar el término escéptico a aquella
persona que tan solo cree en lo palpable, lo verificable por los
sentidos y en aquellas creencias e ideas tradicional o científicamente
aceptadas como ciertas. En mi opinión, no es adecuado llamar escéptico a
este tipo de persona, aunque esté tan extendido este uso, ya que más
bien es una persona que cree profundamente en sus sentidos y que no cree
inconscientemente en “lo de siempre”. Puede tratarse de una persona con
un tremendo miedo a resultar ingenuo, engañado o dañado, también puede
ser alguien atrapado en el temor al rechazo, personas que quieren
encajar y por ello asumen las creencias “socialmente verificadas y
demostradas”, las menos extravagantes. La mayor parte de las veces son
personas que emplean esta sobriedad científica y escéptica para
justificar su estrechez de miras y su miedo a la apertura mental
–siempre perturbadora.
Muy familiar nos resulta considerar que lo verdaderamente cierto –o
evidente- es tan solo lo que nos muestran los sentidos, lo palpable, se
trata de una de las claves del materialismo imperante. Sin embargo, los
sentidos alcanzan tan solo a una finísima capa de la realidad: un
conjunto de frecuencias bastante escaso para la visión, un espectro de
vibraciones sonoras verdaderamente limitado, y ya no hablemos de las
limitaciones experienciales del resto de los sentidos tradicionales. De
hecho, las investigaciones con microscopio y desintegradores de
partículas nos hacen ver lo radicalmente distinta que se muestra la
realidad según el “aparato” que se emplea para observarla. Es una
primera noción de que los sentidos solo nos dan acceso a un muy limitado
nivel de la verdad.
Mas allá de las vibraciones que recogen y traducen en electricidad
nuestros sentidos, nuestra mente organiza la percepción. Ahora si que
podemos olvidarnos de la evidencia que los mal llamados “escépticos”
atribuyen a los sentidos. Las creencias profundas de cada persona,
criadas durante toda su experiencia vital, afectan poderosamente a la
experiencia de lo percibido, aunque nuestros transductores -los
sentidos- sean mecánicamente similares.
Economía interpretativa
Además, y por si fuera poco, nuestro sistema perceptivo
automáticamente “modifica” lo que recogen nuestros sentidos con el fin
de simplificar y facilitar la comprensión de lo percibido –como está
ampliamente demostrado por la Gestalt- y dedicar menos energía a la
interpretación de la realidad. Esta economía interpretativa con la que
está dotada nuestra percepción da como resultado que, en gran medida, se
podría decir que nuestros sentidos nos engañan. Existe un sinfín de
dibujos y ejercicios visuales que demuestran tales anomalías.
Para no profundizar más en este asunto, basta preguntarte: si
realmente solo crees en los sentidos ¿cómo puedes saber que piensas,
sientes o te emocionas? ¿Niegas tu realidad más humana?
La genuina corriente filosófica del escepticismo, lejos de
conformarse con los paradigmas sociales y muy lejos de la habitual
adoración a los sentidos propia de la era materialista, pretendía
precisamente una revolución en la comprensión de la realidad humana.
Desde el siglo IV a. de C., se enfrentaron a la religión y sus conceptos
de un dios creado a imagen y semejanza de las debilidades humanas,
desafiaron a las supersticiones, a la moral –la existencia de lo bueno y
lo malo- y desconfiaron de todo discurso que tuviera como bandera
“verdad” alguna. Estimularon el relativismo y el subjetivismo que hoy
tanta relevancia tienen en el nuevo pensamiento. El escepticismo
profundiza en las raíces de la humildad, el reconocimiento de que todo
saber humano es parcial y se enfrenta radicalmente a las ideas
establecidas.
Bajo un punto de vista más profundo y, por supuesto, sencillo, el
verdadero campo de creencias al que se limita un escéptico es lo que
podríamos llamar el “sentir de la evidencia”, aquello que se siente como
evidente. Como vemos, se trata de un sentimiento, algo intangible,
claramente personal e intransferible, lo que define lo auténticamente
evidente. Son nuestro sentimientos, y no nuestros sentidos, los que nos
conectan con “la verdad” –o mejor dicho, nuestra verdad accesible en el
ahora- seamos o no conscientes de ello.
El escepticismo nos invita a profundizar en una sincera y
revolucionaria búsqueda personal más allá de nuestros sentidos y más
allá de la conciencia social.
Yo creía que era un creyente, una persona de fe. Ya no lo creo. Al
profundizar, me he dado cuenta de que soy un terrible escéptico. Un
verdadero escéptico. Alguien que no cree en lo aparente, en lo creado
artificialmente, en lo tradicionalmente evidente. He cotejado mi “sentir
de la evidencia” y he descubierto mi profundo escepticismo.
No creo que haya nadie bueno ni malo, lo cual implicaría que hubiera
alguien mejor que otro, y no creo en el elitismo. No creo que nadie sea
egoísta o altruista. Es un juego en el que se juega de diferentes
maneras. No creo ni siquiera que nadie sea nada que se pueda definir. Lo
que hagas o lo que dejes de hacer no te hará mejor ni peor. No creo que
nadie se merezca nada, tampoco creo que merezcamos todo, más bien no
creo en la existencia del merecimiento. No creo en el éxito ni en el
fracaso, siempre son puntos de vista limitados y fragmentados.
No creo en el miedo, es un experimento. No creo en la muerte, ni
siquiera en la muerte del cuerpo. Ni siquiera creo en la enfermedad. No
creo que una corriente produzca un resfriado, ni que un despiste
produzca un accidente. No creo en las causas que conocemos. No creo en
la virtud del esfuerzo. No creo que esforzarse sirva para nada, si no es
para reforzar otras falsas creencias hijas del sacrificio, en el cual
no creo. No creo en el premio ni en el castigo. Es el juego de manipular
las consecuencias según nuestras infantiles exigencias. No creo en la
educación. Los niños crecen sanos si son libres, sin interferencia, sin
más, ellos mismos. No creo en el compromiso, aunque haga sentir seguras a
las personas, no creo en la seguridad, tan famosa hoy, no creo en
limitación cualquiera de la libertad.
No creo en la manipulación encadenada de las estructuras sociales. No
creo en las instituciones, ni en las leyes, aunque en nuestro juego se
multiplican como una plaga. No creo en el trabajo. El hombre se ha hecho
esclavo de si mismo, sin importar su condición financiera o social, en
la cual no creo. No creo en la justicia, actuar en nombre de ella es
arrogancia, solo tiene sentido para el que no puede verla en todas las
cosas. Y si la ves en todas las cosas, entonces no existe justicia ni
injusticia. No creo en los fuertes y débiles, en los ricos y pobres, en
las víctimas y los verdugos, en los buenos y malos, en las diferencias
que contemplamos y fabricamos. No creo que nadie sea más importante que
nadie. Ni siquiera creo en la “importancia” que conocemos. No creo en la
propiedad de ningún tipo. No creo que poseamos nada nunca, jugamos
muchos juegos basados en la creencia del miedo y la carencia.
No creo que el amor de madre sea incondicional, condicionado a su
hijo en exclusiva. No creo en la familia como algo más importante que
otra cosa cualquiera. Otro grupo en el que nos resguardamos marcando el
“nosotros” y el “ellos”. No creo en la inocencia de los niños mas allá
de la inocencia de cualquier adulto, ya esté encarcelado, acusado de
terrorismo o nombrado presidente de los Estados Unidos. Porque no creo
en la inocencia ni en la culpa. No creo en las naciones, por supuesto,
unidas o sin unir, desarrolladas o en “vías de desarrollo”, no creo que
existan. No creo en las banderas, ni en los cargos, ni en las
posiciones. No creo en los papeles que representamos.
No creo en lo que veo, ni en lo que oigo. No creo en tus ideas. No
creo en las cosas que las personas me cuentan. No creo en mis
pensamientos, juguetones, caprichosos y limitados. ¡Esto es
verdaderamente ser escéptico!
No creo ni siquiera en mi escepticismo. Por ello vivo cada día
empapándome de una realidad en la que no creo, cabalgando en la ilusión,
arrojado a la aventura del misterio. Sintiendo cada una de estas cosas
que no creo como si fueran las más reales partes de mí. Estoy entregado,
rendido a mi papel en el juego. Todo me afecta, me hace reír y llorar. Y
cuando llego al fondo de mi corazón, recuerdo que no creo. Entonces
despierto, me libero y estoy en paz.
Sobre todo, no creas en lo que te digo."
Jorge Lomar.
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