Soy feliz. Es algo que repito habitualmente. A mí mismo y a otros. Con la felicidad que otorga la paz interior, pero también la expectativa ilusionante de alcanzar la conexión con la fuente universal de la que formamos parte. Me repito esas palabras "soy feliz" sintiendo la profundidad y veracidad de esa experiencia, lo que sin duda confirma y acrecienta exponencialmente su realidad. Porque cada día soy más dueño de mi situación, de mis emociones. Porque sé que el Universo lo contiene todo y todo es posible para mí; lo que de él reciba dependerá de lo que en él deposite y eso, a su vez, depende de que use el combustible básico de todas las buenas cosas: el Amor.
En la experiencia permanente, consciente o no, de este campo infinito de posibilidades en que se desenvuelve nuestro ser, repleto de información y energía, de múltiples recursos espirituales y encontrándonos ávidos de sabiduría, ansiosos por realizarnos y colmar nuestros deseos ¿por qué, sin embargo, podríamos no ser felices? ¿Por qué en un Universo de abundancia en todos, absolutamente todos los sentidos, podríamos no sentir prosperidad? ¿Por qué estando inmersos en un campo que contiene en sí mismo, cual universos paralelos, todas las posibilidades, podríamos sentir que no disponemos de ninguna oportunidad?
A estas alturas de nuestra evolución ya todos nos sabemos (o deberíamos sabernos) responsables de nuestra experiencia, conscientes de que cada desenlace es fruto de nuestras decisiones, con un signo u otro dependiendo de nuestra actitud. Entonces ¿por qué no nos sentimos libres? ¿Qué nos ata? ¿Cuál es el monstruo al que cada día doy muerte un poco más?
A estas alturas de nuestra evolución ya todos nos sabemos (o deberíamos sabernos) responsables de nuestra experiencia, conscientes de que cada desenlace es fruto de nuestras decisiones, con un signo u otro dependiendo de nuestra actitud. Entonces ¿por qué no nos sentimos libres? ¿Qué nos ata? ¿Cuál es el monstruo al que cada día doy muerte un poco más?
El MIEDO.
No hablo de miedo físico, de temores materiales o sufrimiento corporal. No hablo de la amenaza exterior del dolor físico o de la muerte de esta cáscara que metafóricamente nos envuelve. No se trata de situaciones amenazantes concretas. Ese miedo no me importa. Cuando uno empieza a nutrirse con el conocimiento de la inconsistencia de lo material, todo eso desaparece.
Hablo del desfallecimiento espiritual, del temblor, casi imperceptible a veces, del alma ante la aparente adversidad o las situaciones incómodas, alejadas de nuestros deseos mundanos, de la falta de autoconfianza que conduce al inmovilismo espiritual, y de ahí a la desazón y a la pena y finalmente a la infelicidad. Hablo de esa sensación de ansiedad general, de incertidumbre, de inconformismo, del virus del constante efecto pigmalión, provocado por la falta de fe en el ser humano y que nos hace ser cada día más egoístas en nuestras "reivindicaciones" a la sociedad o a los dirigentes. El miedo a amar a los demás, a perdonar y tolerar. El miedo a saber que los otros son parte de nosotros, aunque se empeñen en separarnos. El miedo a ser lo que verdaderamente somos, el miedo a ser Alma.
Hablo del desfallecimiento espiritual, del temblor, casi imperceptible a veces, del alma ante la aparente adversidad o las situaciones incómodas, alejadas de nuestros deseos mundanos, de la falta de autoconfianza que conduce al inmovilismo espiritual, y de ahí a la desazón y a la pena y finalmente a la infelicidad. Hablo de esa sensación de ansiedad general, de incertidumbre, de inconformismo, del virus del constante efecto pigmalión, provocado por la falta de fe en el ser humano y que nos hace ser cada día más egoístas en nuestras "reivindicaciones" a la sociedad o a los dirigentes. El miedo a amar a los demás, a perdonar y tolerar. El miedo a saber que los otros son parte de nosotros, aunque se empeñen en separarnos. El miedo a ser lo que verdaderamente somos, el miedo a ser Alma.