Nos han educado en una cultura de lucha, de competencia. La cultura de la comparación y la exigencia, de la escasez y la reivindicación. La cultura de las normas en la que los derechos proceden de la Ley y no del ser humano. Así no cuenta si algo es sensato o cívico o humano, se hace o se deja de hacer porque lo dice una norma. Se hace y se deshace porque la ley lo permite, porque lo ampara una norma que dice que tienes derecho y no porque tu natural sentido de humanidad así lo indique. Es la cultura del egoísmo, el miedo y la codicia, por eso tanta regla. No son solo palabras; mírate en el espejo y observa tus motivaciones, tus deseos o el motor de tus quejas. El egoísmo al que llamamos libertad, el miedo que nos impide sentirnos tranquilos y felices y la codicia como símbolo del bienestar.
La libertad, la verdadera libertad no se pierde ni se exige. No se puede luchar por ella, no hay que hacerlo, nadie puede coartarla porque es un sentimiento íntimo y, como tal, solo te pertenece a ti y solo tú decides sobre él.
La felicidad no procede de nada exterior (esto ya es una obviedad), sino de tu estado de paz interior que, con entrenamiento, desaprendiendo gran parte de lo que nos han inculcado desde niños, nada puede turbar. Basada en el Amor a todo y a todos la felicidad permite observar con ternura a los otros seres y sus decisiones, si bien distintas a las que quizá habríamos tomado nosotros, como algo que simplemente ES.
El bienestar que hayas alcanzado también depende exclusivamente de ti. Solo tú, con tu actitud, decides cómo te sientes en cada momento y eres responsable absoluto del estado en que te encuentres. El devenir de tu historia personal está marcado por tus decisiones y tu actitud ante ellas y, aunque las decisiones de otros puedan cambiar los hechos concretos que te sucedan, solo tú, con tu percepción de los mismos, con tu manera de afrontarlos los harás buenos o malos. Por eso es tan cobarde y desacertado acusar a otros de tus desgracias.
Si tu libertad es inembargable, tu felicidad imperturbable y mantienes tu idea de bienestar alejada de la codicia, solo te falta ACEPTAR. Considera que el Universo siempre conspira a tu favor y mantén tu fe en él. Acepta que conoce mejor que tú lo que te conviene y que esto puede a veces no coincidir con tus planes. Un fracaso o un contratiempo son lecciones que deben hacerte aprender algo necesario para tu evolución así como una crisis (¡qué bella palabra!) no es más que el inicio del cambio, la antesala de la necesaria evolución de los seres. No te opongas, déjate llevar. Aprende a fluir con la vida y deja de nadar contracorriente.
No te enfrentes, no te opongas. Aunque la ley te lo permita. La lucha debilita, agota. Mejor practica el sereno arte de la aceptación. No juzgues, no grites, no temas. El Universo es perfecto en sí mismo, la vida también lo es. Vives en este planeta pero sabes que tu reino no es de este mundo. Sabes que tu vida en la tierra es pasajera, vívela en paz, con amor. Ya sabes que "si entiendes las cosas son como son; si no entiendes las cosas son como son" (proverbio Zen).
Por eso no tienes nada por lo que protestar, nada que "manifestar". No te opones a lo que otras personas, con la autoridad que entre todos le otorgamos, deciden. Ni siquiera es tu trabajo. Intenta hacer el tuyo lo mejor posible, esperando no sufrir injerencias y entiende que los otros esperarán lo mismo.
Cuando nada puede perturbar tu paz, tu felicidad, tu bienestar, ni siquiera necesitas cambiar nada, no piensas en injusticia sino en comprensión. Lo dejas estar, no es tu misión. Lo observas serenamente. A esto, a ser feliz y vivir en paz, sí que tienes derecho y no porque lo diga un ordenamiento jurídico sino por tu singular condición de ser humano.
Por otro lado no sabemos lo que el futuro nos depara: ¿cómo sabes que eso por lo que luchas no te perjudicará más adelante? ¿Cómo sabes que esas decisiones de otros contra las que protestas no serán la puerta al cumplimiento de tus deseos más egoístas? Incluso desde esta frívola perspectiva la lucha se puede volver en tu contra.
Si no obstante lo anterior aún observas con claridad (y desde un estado de profunda paz) falta de humanidad a tu alrededor, decisiones injustas, si no te gustan los "valores" de la sociedad en que vives, solo puedes hacer una cosa: "si quieres cambiar tu sociedad, cámbiate a ti mismo" (Gandhi), sé tú el cambio y despliega a tu alrededor tanto amor y comprensión, tanta paz como te sea posible. Esfuérzate en ello pero no quieras forzar los hechos a tu voluntad, ni siquiera escudado en la masa.
No es lo mismo esforzarse que forzar. Lo primero es la virtud de poner toda tu atención y empeño en conseguir tus metas, con pasión, renunciando a algunos de tus deseos de placer en pos de un bien mayor. Lo segundo es nadar contracorriente, desafiar al sabio Universo y sus mensajes de orientación. Forzar es empecinarte en algo y no aceptar los resultados. Forzar es luchar, pelear, pura soberbia. Prefiere en cambio esforzarte en conseguir lo que modesta y humildemente creas que te conviene y que has convertido en objetivo, aceptando con serena expectación los resultados y mensajes de la vida: esa fuerza mayor y más sabia que finalmente nos da y nos quita según convenga más a nuestra propia evolución. Invoca para ello la parábola de la serenidad: "concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para enfrentar las que sí puedo y la sabiduría para distinguir entre ambas".
Por otro lado no sabemos lo que el futuro nos depara: ¿cómo sabes que eso por lo que luchas no te perjudicará más adelante? ¿Cómo sabes que esas decisiones de otros contra las que protestas no serán la puerta al cumplimiento de tus deseos más egoístas? Incluso desde esta frívola perspectiva la lucha se puede volver en tu contra.
Si no obstante lo anterior aún observas con claridad (y desde un estado de profunda paz) falta de humanidad a tu alrededor, decisiones injustas, si no te gustan los "valores" de la sociedad en que vives, solo puedes hacer una cosa: "si quieres cambiar tu sociedad, cámbiate a ti mismo" (Gandhi), sé tú el cambio y despliega a tu alrededor tanto amor y comprensión, tanta paz como te sea posible. Esfuérzate en ello pero no quieras forzar los hechos a tu voluntad, ni siquiera escudado en la masa.
No es lo mismo esforzarse que forzar. Lo primero es la virtud de poner toda tu atención y empeño en conseguir tus metas, con pasión, renunciando a algunos de tus deseos de placer en pos de un bien mayor. Lo segundo es nadar contracorriente, desafiar al sabio Universo y sus mensajes de orientación. Forzar es empecinarte en algo y no aceptar los resultados. Forzar es luchar, pelear, pura soberbia. Prefiere en cambio esforzarte en conseguir lo que modesta y humildemente creas que te conviene y que has convertido en objetivo, aceptando con serena expectación los resultados y mensajes de la vida: esa fuerza mayor y más sabia que finalmente nos da y nos quita según convenga más a nuestra propia evolución. Invoca para ello la parábola de la serenidad: "concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para enfrentar las que sí puedo y la sabiduría para distinguir entre ambas".
Y mientras: al César lo que es del César.
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