El Rey tenía una deuda de gratitud con un hombre pobre y lo convirtió en gobernador de unas provincias de su reino. El gobernador hizo un maravilloso trabajo gracias al gran presupuesto que el rey le otorgó, y las personas lo adoraron. Ellos le rendían honores y lo alaban cada vez que podían.
Un día el rey quería supervisar la provincia y ver por sí mismo cómo el gobernador hacía su trabajo. Debido a que él quería ver un día realmente normal, decidió disfrazarse y él y el gobernador caminaron juntos por la ciudad. Esto terminó siendo muy embarazoso para el gobernador pues todos los alababan y todas las personas que se les acercaban le daban la gracias. Él sabía que el rey, que estaba de incógnito a su lado, era la verdadera fuente de todo el bien que todas estas personas recibían, sin embargo él recibía las alabanzas y no podía decir nada al respecto.
Similar a esto, dijo R Rizhin, Dios nos da muchas cosas que usamos para ayudar a otras personas. Puede que sea nuestra riqueza, consejo, ideas, conexiones o muchos otros dones. Nuestro gran rey siempre está de nuestro lado, y ¿cómo es posible que seamos capaces de aceptar los halagos como si fuéramos la fuente de estos talentos y dones? Si de verdad nos diéramos cuenta de esto y de verdad lo sintiéramos, nos sonrojaríamos horrorizados, y negaríamos vehementemente cualquier honor o cumplido que nos den. Recuerda cuál es la verdadera fuente y asegúrate de que todo el honor sea reenviado a la dirección correcta.
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