martes, 22 de marzo de 2011

Íntimo

A lo largo de casi toda mi vida he sido una persona moderadamente feliz. 

Tuve una infancia normal, aunque con una gran vida interior y ciertas inquietudes espirituales, en la que aprendí mucho más de lo que jugué. Una juventud social, en la que jugué mucho más de lo que aprendí debido a que, al parecer, el éxito y la aceptación social eran una prioridad en el desarrollo humano: tomé una decisión firme, desconecté cualquier inquietud espiritual y "triunfé".

Y, como confirmación y culmen del ciclo, en este momento evolutivo dedico casi todo mi tiempo y esfuerzo a aprender a conocerme y a intentar entender por qué estoy aquí, a qué he venido, cuál es mi naturaleza y mi propósito.

Pero un día pensé: ¿por qué soy "moderadamente" feliz en lugar de "totalmente" feliz? No había ninguna razón para no querer ser absolutamente dichoso, salvo que pretendiera confirmarme empáticamente como ser humano sufridor y así etiquetarme como víctima, atraer la atención de los demás, su compasión, para sentirme (mal) realizado e inmerso de lleno en "el grupo". Para ser normal. Pero yo no creía ser vulgar, ni quería ser un simple número más dentro de una masa genérica dirigida y no pensante. Y no he creído nunca que la vida fuera puro sufrimiento. Así que tomé otra decisión firme y también triunfé: la felicidad total, a través de la paz interior, era la recompensa. Y por increíble que parezca no fue más que una DECISIÓN, pues cualquier condición necesaria para alcanzar tal estado ya habitaba en mí...y en ti.

En mi más tierna juventud y después de quedar fascinado al leer El lobo estepario de Hermann Hesse a los 13 años, leí Tus zonas erróneas del Dr. Wayne W. Dyer a los 14. Mis hormonas, como burbujas encerradas en una botella de gaseosa bien agitada, se apoderaron de mí y su liberación más expansiva se convirtió en prioridad absoluta. La firme decisión fue la de construir el más atractivo y acorazado disfraz posible, dejando estacionadas las inquietudes de mi conciencia en la planta más baja del parquin.

Evitaré, por el momento, entrar a valorar la conveniencia o no, la lógica o no de aquella decisión. Si desde una perspectiva global de la vida de las personas o con los conocimientos que hoy me iluminan, fue un acto de cobardía o claudicar ante la hipnosis del condicionamiento social. Cuando tomé aquella decisión firme fui valiente. En realidad lo que hice fue decidir enfrentarme a la sociedad con arrojo, con desparpajo, dejando de lado la incómoda y antisocial vida interior favorecida por mi natural timidez.

Afortunadamente no era más que un disfraz, uno muy bueno, pero al fin y al cabo una careta temporal que me permitió vivir con intensidad una etapa (que otros se empeñan en perpetuar) rebosante de adrenalina con la que conseguí ahogar a Harry Haller confinado en la prisión del olvido.

No resucitó, por fortuna. Al menos no del todo. Dio sus últimas bocanadas de aire no hace tanto tiempo. Su historia demuestra que no sucumbir al materialismo hipnótico, opción en sí misma más que deseable y valiente, no es, sin embargo, suficiente para ser feliz. El lobo estepario es infinitamente desdichado porque está desprovisto de la característica fundamental del alma humana, de la energía más poderosa que existe, el antídoto del miedo: el Amor, el disolvente universal de esa gran piedra en el camino que representa la peor limitación humana para hallar la felicidad.

Por esto el Amor nos hace felices. Si somos Amor conectamos con el Alma universal de la que formamos parte y al volver a esa conciencia global nos alineamos con facilidad con nuestro propósito en la vida: ser felices y hacer felices a cuantos nos rodean y más allá. Esa es nuestra naturaleza, cualquiera que sea la gran mentira que nos hayan inculcado toda nuestra vida.

Con amor no temeremos nada. No tememos a quienes amamos y no amamos a quienes tememos. Si elegimos el amor nos sentiremos capaces de todo. Si desterramos el miedo, en todas las formas en que se manifiesta: odio, rencor, desprecio, desigualdad, machismo, racismo, xenofobia, egoísmo, falta de caridad, desperfectos mentales impropios del ser humano y de su perfecta alma, basados de una u otra manera en el temor, seremos plenamente felices.

Desde lo más profundo de mi alma (que es también tu alma) te lo garantizo.

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